| El Barón Mauricio
Hirsch (Primera parte) |
| Por Moshé Korin |
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Muchas veces los historiadores
son injustos. Quizá por referirse a personalidades
que han tenido una situación económica
más que privilegiada, muchos analistas
no destacan suficientemente el amor que aquellos
hombres profesaron a su pueblo. Algo de eso ocurre
respecto a los grandes benefactores judíos,
sean ellos Moisés Montefiore,
Edmond James de Rothschild o Maurice
de Hirsch (conocido por todos como el Barón
Hirsch). Hoy queremos, precisamente, ocuparnos
de este último. En especial, cuando sabemos
que muchos judíos nacieron en la Argentina
gracias a la fecunda obra de asentamientos rurales
emprendida en nuestro país por la J.C.A.
(Jewish Colonization Association).
Esta fue la institución que él creó
y dirigió para hacer filantropía
y con el deseo de ubicar en la mejor forma posible
a los judíos perseguidos de Rusia y Europa
Oriental. Y si bien las vicisitudes aquí
vividas fueron de diverso signo, cuando mencionamos
a Moisés Ville o cualquier otra
colonia judía, sea de Entre Ríos,
de Santa Fe, de La Pampa o de la
Provincia de Buenos Aires, o cuando nos
referimos a los célebres "gauchos
judíos", no podemos dejar de reconocer
que aquellos asentamientos fueron posible gracias
a la gestión de la J.C.A.
Por eso, es importante que
recordemos a aquel gran hombre y filántropo
que fue el Barón Hirsch. Si bien
él no comprendió al sionismo y pensó
que el de Herzl era un sueño descabellado
-no fue por cierto el único que así
lo creyó-, la "ahavat Israel"
("amor por Israel") fue el sentimiento
que guió su vida y su obra.
Maurice de Hirsch nació
en Munich (capital de Baviera), en el seno
de un hogar judío de habla alemana, el
9 de diciembre de 1831. Sus padres fueron
Josef von Hirsch y Caroline Wertheimer
de Hirsch. Su padre fue el banquero del
rey y sería honrado con el título
de Barón en 1869.
Su madre provenía de una familia religiosa
ortodoxa de Francfort. Se trataba de un hogar
de mucha solvencia económica, originada
en la fortuna del abuelo (el padre de su padre).
Éste había contribuido con su dinero
a la conformación de un regimiento de combate
del reino bávaro para enfrentar, en 1813,
a las tropas napoleónicas. Cinco años
después era incorporado a la nobleza.
Maurice creció, entonces,
en un ambiente privilegiado, si tenemos en cuenta
las condiciones de la mayoría de las familias
judías. Tanto artistas como aristócratas frecuentaban
su hogar.
De su padre tomó la aplicación
para aprender, primero, las convenciones y los
códigos sociales, y ya en los años adolescentes,
la actividad bancaria; y de su madre, el especial
amor por la historia del pueblo judío.
Pronto se orientó con notable
naturalidad, en los vericuetos de la tarea bancaria,
familiarizándose con el manejo de empréstitos
y acciones.
Quiso independizarse de su
padre, por lo que en 1851, antes de cumplir
los 20 años de edad, entró a trabajar para el
Banco de Bischoffsheim y Goldschmidt,
judíos ambos. La casa central se hallaba en Bruselas,
con sucursales en París y Londres.
El matrimonio
Quiso el destino, o el azar,
o como querramos llamarlo, que el jovencito Maurice
se comprometiese afectivamente con Clara
Bischoffsheim, la hija de uno de los dueños
del Banco (que además de banquero era senador
en Bruselas). Lo cierto es que ambos novios venían
de familias muy pudientes, donde, por supuesto,
no faltaban relaciones con las personalidades
europeas de más alta alcurnia, así como contactos
políticos.
Pero antes y después de eso,
la joven Clara era una chica de la que
todos ponderaban su bondad.
En 1855, a los 24
años, Maurice se casó con Clara,
dos años menor que él. Tuvieron dos hijos, una
niña y un varón. La niña falleció a muy temprana
edad. Su esposa colaboró siempre en la tarea filantrópica
y ella misma dirigió distintas obras en favor
de los ishuvim judíos.
El "turco" Hirsch
Hirsch obtuvo sus primeras
ganancias de envergadura con inversiones en la
industria del cobre y en la del azúcar. A esto
se le sumó su muy buen tino para las operaciones
financieras.
Alentado por esos éxitos
iniciales, no quiso seguir como socio del Banco
de su suegro, sino que prefirió confiarse
a su propia intuición. Y así logró
entrever un gran negocio. En 1869 obtuvo
la concesión de los turcos otomanos para
llevar adelante la construcción de un ferrocarril
que, atravesando los Balcanes, uniría Constantinopla
con Viena. Él mismo asumió
la dirección del proyecto y contrató
a los más especializados ingenieros de
toda Europa. El Expreso del Oriente
se transformó en un suceso de primordial
importancia, porque posibilitó el intercambio
entre los diversos países de la región
y aceleró el desarrollo económico.
Logró, además, modificar los hábitos
de vida de gran parte del mundo, ya que las comunicaciones
unían geografías hasta entonces
muy desencontradas.
Este emprendimiento (sumado
a sus anteriores ganancias con el azúcar)
le significó una fortuna envidiable. Muchos
admiraron su visión para la actividad industrial
y financiera. Y por supuesto, tampoco faltaron
los enemigos. De entre ellos surgió el
apodo "der Türkenhirsch"
( "el turco Hirsch").
Lo cual no era sino un modo elíptico de
denunciar el origen judío del nuevo multimillonario
bávaro.
Pero más al oeste de Munich
y de Viena, especialmente en los altos círculos
de las finanzas londinenses, el nombre del Barón
Hirsch era pronunciado con gran respeto.
continua...
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